Martes 7 de Septiembre de 2010 | Visitas recibidas: 1.373.247
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¿Cualquier Tiempo Pasado Fue Mejor?
 

No faltan personas, aficionados a la Fiesta de los toros, que afirman, con mayor o menor énfasis, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Mejor que el presente, de un determinado momento, del suyo, del que está viviendo en esa ocasión. No por llevar la contraria al aforismo que encabeza este artículo –sin interrogantes, claro está– no estoy de acuerdo con los que afirman tal cosa. Hay que matizar. Quien esto escribe, si de aval sirve, diré que llevo viendo festejos taurinos –no quiero decir corridas de toros, pues hay que incluir novilladas con o sin picadores, festejos de rejones y festivales– mas de sesenta años, que no son pocos, creo yo. Para argumentar mi comentario, pues, utilizaré el respaldo de lo que he vivido y visto como espectador –tampoco quiero llamarme aficionado, pues es título, el de aficionado, que no se expide en ninguna Facultad–, por tanto no haré referencia argumental a épocas de indudable historial taurómaco, que no he tenido ocasión de vivir, por la elemental razón de la edad, lo que no quiere decir que no las conozca por oídas o leídas. Tal es el caso, por ejemplo, de las épocas de Bombita y Machaquito o la de Joselito y Belmonte, pongo por caso. Pero, repito, por no haberlas vivido, las dejo aparcadas. Empecé mi andadura de espectador, siendo muy niño, en el año 1939-40. ¿Eran mejor aquellos años, que los actuales? No soy ningún nostálgico, ni se me ha «parado el reloj». Como dije anteriormente, hay que matizar. El espectáculo de los toros consta de tres elementos o factores, que no son inmutables: el público, con sus diversos gustos y apreciaciones; el toro, que ha cambiado notablemente, en lo tocante a bravura, casta y docilidad, entre otros factores; y el torero, que también ha experimentado sustanciales cambios. Bueno será, pues, que maticemos o analicemos los cambios más sustanciales que los tres elementos o factores mencionados han sufrido a lo largo y ancho de las seis largas décadas que uno ha vivido. El Público. En los años en que me inicié como espectador era muchísimo más correcto o educado. Menos alborotador. Más ecuánime. Y, sobre todo, más entendido. Por citar un ejemplo, haré mención al premio de la «vuelta al ruedo», ahora, casi, en desuso especialmente en Madrid, por culpa de unos pocos vociferantes, que cuando un espada intenta iniciar el recorrido de la vuelta al anillo se hacen notar con sus voces o pitos, más sonoros que los aplausos de los que aprueban tal premio, no siempre merecido, pero que el matador considera que hizo suficientes méritos para ello, como se demuestra muchas veces, en las que el diestro da la vuelta al ruedo, al inicio con votos en contra, pero que después no se reflejan durante el recorrido. ¿Quién tenía, pues, la razón? Como espectador antiguo, recuerdo al popular, ya desaparecido, Ronquillo. Respetuoso siempre con los toreros y, sobre todo, con el público. ¡Que diferencia con lo de ahora! En definitiva, que el público cambia con el paso del tiempo, acomodándose a los modos y las modas de cada momento. Es lógico que así sea. Ocurre en todos los órdenes de la vida. Los sistemas implantados, cansan, y se impone la renovación, máxime cuando, como es el caso de la Fiesta de los toros, aparece un innovador del sistema establecido, al que algunos denominan «revolucionario», que impone –si el público, la mayoría, lo acepta– «su» sistema o moda. Ocurre, como es el caso de los tres super-fenómenos mencionados más abajo, que esas modas, siempre han llevado consigo una «modificación» del toro, es decir, de su comportamiento, como más adelante veremos. El Toro. Elemento básico de la Fiesta. Lo considero así, porque entre otras cosas, el espectáculo lleva el nombre de Corridas de toros, fiesta de toros, pero no de toreros ni de público. En estos años, pienso que también en los precedentes y en los que han de venir, el cambio que ha experimentado el toro, ha condicionado el toreo, los gustos del público y las formas de concebir el toreo por parte de sus protagonistas: los toreros. Desde mi modesto punto de vista –que doy por descontado no coincidirá con el criterio de muchos lectores– tres han sido los toreros, que con sus sistemas de concebir la forma de torear, han influido, decisivamente, en los cambios o transformaciones que ha experimentado el toro de lidia, en cuanto a su comportamiento. Esos toreros han sido Juan Belmonte García, Manuel Rodríguez «Manolete» y Manuel Benítez «El Cordobés». La forma de concebir el toreo por cada uno de los tres super-fenómenos mencionados, con la inestimable colaboración de los ganaderos, han hecho que el toro y la Fiesta en sí, haya evolucionado sensiblemente, a lo largo y ancho de los años. Lo que está por discutir es si ese cambio o evolución, habrá sido para bien o para mal de la Fiesta. Para conocimiento de los que pongan en duda mis afirmaciones, quiero dejar constancia de algunos de los diestros que, en mi juventud, más bien niñez, vi actuar en la plaza de Las Ventas, que es el coso en el que he presenciado la mayor parte de festejos. Tal es el caso de, por ejemplo: Marcial Lalanda; Nicanor Villalta; Cagancho; Vicente Barrera; Armillita Chico; Domingo Ortega; Jaime Noaín; Luis Gómez El Estudiante; Antonio García Maravilla; Curro Caro; Lorenzo Garza; El Soldado; y muchos más, que no voy a citar para no hacer excesivamente larga esta relación. Considero que la variedad de nombres y estilos, de diestros españoles y mejicanos mencionados, pueden dar una idea, si no de mis conocimientos taurófilos, sí de las experiencias vividas. Fue una etapa a la que, posiblemente, le faltó la gran figura de época o lo que hubiera sido mejor, la competencia entre dos diestros, que suele ser lo que mueve a las masas, por aquello de la rivalidad.

 

 
 
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