En el toreo, como en todas las expresiones del Arte, existen la ficción y la verdad. Y así, identificamos lo auténtico y verdadero con lo bello, y la ficción, el adorno, con lo bonito. Y como no son la misma cosa, lo primero nunca debe ni podrá ser suplantado por lo segundo. En tauromaquia, lo primero, o sea lo auténtico y verdadero, está representado por la escuela cordobesa; lo ficticio (que no falso), por la de Sevilla. Porque ¿qué es torear? Es dominar, pasarse el toro por delante, obligándolo, dominándolo a la voluntad del torero. Esa es la escuela cordobesa: valor, clasicismo, arte. La escuela sevillana, por el contrario, es el faro resplandeciente de filigranas, de gracias y monerías, pero sin la emoción que es la virtud máxima del arte taurino. Ya esta premisa la impuso Pedro Romero (que, aunque nacido en Ronda, sus orígenes son, sin discusión por lo documentado, cordobeses), a finales del siglo
XVII: El lidiador no debe contar con los pies, sino con las manos. Antes que correr, el espada debe matar o morir. Hace más el valor que el adorno inteligente. Toreo clásico, verdadero, lacónico. ¿Por qué no senequista? En un principio Ronda y Córdoba, Córdoba y Ronda, van de la mano. Escuelas cordobesas y rondeña adquieren categoría de alta ponderación, no tanto por lo que conllevan intrínsecamente, sino por lo que dan y, sobre todo, por lo que prometen. Romero, El Chiclanero, Redondo... configuran el retablo, el altar de la nueva religión: ¡La Tauromaquia! Panchón, Pérez de Guzmán, Cámara, Pepete, Cuchares de Córdoba... completan ornamentalmente este retablo, al que se adhiere en el tiempo que sigue el iconoclasta Belmonte, como un Hércules que derrumba las viejas cátedras, para levantar un nuevo orden inédito, que tiene el temple como práctica preciosa y precisa para el mando y dominio sobre el toro. Y una de esas promesas de la escuela cordobesa, fue un torero, que a fuer de modesto, resplandeció con luz propia en el oscuro mundo del dios Tauro. Su nombre, Manuel Fuentes Rodríguez; su apodo, Bocanegra. Nace en Córdoba el 2 de marzo de 1837; empieza su andadura taurina en la cuadrilla de niños que fundó su paisano Cámara (Antonio Luque y González); más tarde va de banderillero en la cuadrilla de Pepete, y finalmente ingresó en la de Manuel Domínguez «Desperdicios», de quien recibe la alternativa en el Puerto de Santa María el 31 de agosto de 1862, con Jacinto Machio de sobresaliente, y reses del marqués de Tamarón. El toro de la alternativa tenía por nombre «Recobero». El toricantano mató cuatro toros aquella tarde, al resultar herido «Desperdicios». Confirma la alternativa en Madrid el 5 de mayo de 1864, de manos de «Cuchares», que le cede el toro «Remito», de la ganadería portuguesa de José da Cunha. Torero de poco estilo, pero ágil y diestro para burlar los astados, y ligero y hábil con los rehiletes. A partir de la alternativa se cimenta su fama, entre altibajos artísticos, a base de valor y amor propio; a su fortaleza física, unía una no menor fortaleza de espíritu, lo que le llevaba a perseverar con entusiasmo en la lucha con el toro, en una lidia ruda y seca, como su carácter. ¡Todo un orgullo de torero! El advenimiento al toreo de su primo Rafael Molina Sánchez «Lagartijo», opacó su buena estrella. El público se dividió entre el toreo seco de Bocanegra, y el fino y lleno de simpatía, destreza, elegancia y apostura del que sería Califa del toreo. El tosco Bocanegra plantó cara a Lagartijo, y surgieron enconos, enemistades, e incluso violencia. Pero se impuso la razón, y el primero se avino a reconocer la superioridad y primacía del segundo; se liman las discrepancias entre ambos, y el 27 de enero de 1867 torean juntos en Córdoba reses de Rafael José Barbero,
alcanzando ambos un sonado éxito, y ambos se fundieron en un estrecho abrazo de amistad unida al parentesco y compañerismo, entre el aplauso unánime de la afición y la prensa. En 1869-70 no torea debido a una enfermedad en la vista; obeso, casi ciego y privado de agilidad, salía de vez en cuando a las plazas, jugándose la vida. Vuelve a los ruedos apoyado por su primo. El 18 de abril de 1872, Lagartijo es herido en Sevilla, y al día siguiente le sustituye Bocanegra, que alcanzó un sonado éxito sobre «El Gordito», en la lidia de toros de Saltillo (los correspondientes al cordobés se llamaban «Cuervecito», «Peñerizo» y «Cuajadito»), saliendo a hombros de la plaza. Con este triunfo de un cordobés sobre un sevillano, en Sevilla, subió notablemente el papel profesional del Boca. Pero vuelve de nuevo la enemistad entre los primos (Lagartijo se negó a torear con él), lo que supuso la desgracia para Manuel Fuentes. Otro hubiera sido su destino, otro fin más digno hubiera tenido su historia torera si nunca hubiera surgido esta enemistad y hubiera contado con el influyente apoyo de Lagartijo. Acaso su carácter brusco y violento fue causa de ello, acunado por el exceso de celo de sus incondicionales. Pero su corazón era sólo suyo, grande como su valor, y ello le hizo auparse a una fama, no por efímera, menos merecida. El 16 de junio de 1889 se anuncia en Madrid una corrida de Beneficencia, con reses de Manuel García Puente (antes Aleas) y Agustín Solís (antes Salas) para Lagartijo, Frascuelo, Ángel Pastor y Guerrita. Lesionado Frascuelo, fue sustituido por Bocanegra, correspondiéndole el toro «Rosquillero», de Aleas; su actuación fue muy desmerecida (contaba a la sazón 52 años), y esta fue la despedida del diestro de los toros. Sin desearlo, desgraciadamente, porque cuatro días después, el 20 de junio acompañado de su sobrino banderillero, Rafael Ramos «El Meló», se hallaba presenciando una novillada para principiantes en Baeza (Jaén). El cuarto toro, llamado «Hormigón», de Agustín Hernández, sembró el pánico en el ruedo. Bocanegra, con la venia presidencial, bajó al ruedo para prestar ayuda a los inexpertos lidiadores, y al hacer un quite y salir perseguido, no pudo entrar en el burladero, fue cogido y arrojado al suelo, y allí sufrió una tremenda cornada que le produjo grandes destrozos intestinales, y la muerte al día siguiente a consecuencia de una peritonitis traumática. Como hemos visto en lo anteriormente publicado sobre la Escuela Cordobesa, los hombres del toro de esta tierra, los que han alcanzado la gloria de la alternativa, como también los que militan en la novillería y los auxiliares de privilegiada inteligencia y elevada talla profesional, se perfila con trazos inconfundibles un estilo seco, austero, reposado, solemne, natural y elegante en la manera de concebir e interpretar las suertes, sin concesión a la fioritura, que no es ni más ni menos que esa marca que imprime la personalidad. Pocas palabras, y hechos elocuentes. Obrar y no hablar. El toreo cordobés ha tenido siempre como norma la honradez y el pundonor, el juego rudo y no la filigrana. Ya lo dijo Pepete al ver el quiebro que interpretaba «El Gordito» con los pies dentro de un aro, la montera o con el cuerpo de su hermano «El Panadero»: —Eso no es torear; ¡eso é jasé títeres! La tarde en que falleció Bocanegra se puso un mortal epílogo a una vida profesional cabal y honrada, que adquirió fama que no supo aprovechar en su beneficio. De ahí en adelante, arranca la Edad de Oro de la torería cordobesa, que es decir de España entera. Y como el toreo es arte, como la poesía, brindo mi personal homenaje a este torero rudo pero valiente hasta ofrecer su vida por salvar la de unos inexpertos torerillos.
ORGULLO TORERO
(A Manuel Fuentes, «Bocanegra»)
La Plaza estalla en elocuente vocerío.
El sol llora sus rayos en la arena,
y el negro astado resuella la condena
que sentencia el capote con arte y poderío.
El maestro se muestra duro y frío
en su lucha con la brava luna llena
coronada, y el valor es la colmena
que rebosa con la miel del señorío.
La emoción se hiela como escarcha de rocío,
y ahora si, la cobarde luna llena
se erige en juez y verdugo de la pena
a muerte, en que culmina el desafío.
Y la sangre derramada de la carne se hace río,
deshaciendo de tu vida la cadena,
y cubre el sol dorado de la arena
con rosas de dolor y desvarío.
Se acalla con un ¡Ay! el vocerío,
se deshace en estertor tu gran faena,
se oculta el sol, y llorando se serena
el trueno de dolor del graderío.
¡Descansa en paz, Manuel, porque hoy se llena
tu obra magistral de laurel y humo de incienso,
y en el ritmo callado del silencio
te aplaude sin cesar la gloria eterna.