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Rafael Molina
 

No es pretensión mía descubrir nada  nuevo de una de las vidas taurinas más conocidas de todos los tiempos. Pero ni puedo, ni debo, ni quiero pasar por alto en mis artículos sobre la Escuela Cordobesa a un torero que alcanzó y ostentó, con todo merecimiento, el alto honor de ser nombrado Califa del toreo. A los 11 años de edad, cualquier cosa es un juego, salvo cuando se trata de jugar con un toro; o con un becerro, que en la racional regla de proporciones, es al niño lo que el toro es al hombre. En ambos casos el juego se transforma en la más dramática obra que el hombre haya puesto jamás en escena, en la más extraordinaria y grande de las fiestas. Un niño ante un becerro es igual que un hombre ante un toro. Porque además, el niño que juega al toro se hace hombre en seguida, casi sin darse cuenta, sin disfrutar la gloria de la niñez para sumergirse en el drama del adulto. Se hacen grandes como los becerros con los que juega, que en cuatro o cinco años se hacen toros; crecen juntos con la casta y con el riesgo, el valor y la bravura, y juntos matan o mueren, jugando como lo que son: niños-hombres y becerros-toros. Hijo del modesto banderillero Manuel Molina de la Vega «Niño de Dios» y Marta Sánchez Serrano, nace en Córdoba el 27 de Noviembre de 1841. El diestro Antonio Luque Cámara forma en 1852 la cuadrilla de Jóvenes Cordobeses, compuesta por su hijo Antonio y José Sánchez «Poleo» (ambos con 14 años) como espadas; Juan de Dios Martínez «Piñones» y Rafael Alvarez «Onofre» (ambos de 15 años) como picadores, y Mariano Bejarano, Francisco Quesada (ambos 14 años), Manuel Fuentes «Bocanegra» (15 años) y Rafael Molina Sánchez «Lagartijo» (11 años) como banderilleros. Aparece por vez primera en los carteles en Córdoba el 8 de Septiembre de 1852 con la cuadrilla, que lidia novillos de Rafael José Barbero, junto a los matadores José Carmona «El Panadero» y Antonio Ortega, que lidian toros de la misma ganadería. En 1856 entra corno mozo de nave en el matadero cordobés, oficio que concluye al año siguiente, según el comunicado de la autoridad municipal al Jefe de personal, que transcribo literalmente: «Alcaldía de Córdoba. Noticioso de que el mozo de nave Rafael Molina se permite saltar las tapias de los corrales del matadero para lidiar reses bravas destinadas al abasto público, infringiendo de éste modo los preceptos reglamentarios y burlando las órdenes con repetición. Para impedir éste abuso, he resuelto prevenir a Vd. para que expulse del establecimiento al referido joven, prohibiéndole la entrada en lo sucesivo, y deteniéndolo a disposición de ésta alcaldía si vuelve a saltar el edificio, para imponerle corrección oportuna. Córdoba de 1857.- J. García. En 1860 era ya banderillero formal en corridas de toros. Aprendizaje como subalterno, empezando desde abajo, en largos años de cuadrilla, le dieron el oficio que madurado en la experiencia, siempre lució en la eficacia de la brega y en la precisión de la lidia. Entra a las órdenes de «Pepete» y en 1862 a la de los hermanos Carmona, Manuel, José y el inefable «Gordito», que fueron su familia torera y sus instructores. En el mes de Septiembre la reina Isabel II le hace subir al palco de la Maestranza sevillana y le regala una cadena de oro como premio al fenomenal par de banderillas que había colocado al cuarto de la tarde. Se presenta en Madrid el 13 de Septiembre de 1863 y al año siguiente es contratado por la misma plaza como sobresaliente. «El Gordito», tras tres años de magisterio, consideró preparado a su discípulo, y el 29 de Septiembre de 1865 le dio la alternativa en la plaza de Ubeda 0aén). Trece años de banderillero subalterno fueron su bachillerato y su curriculum en una carrera que desarrolló con tanto esplendor. El 15 de Octubre del mismo año el mismo Antonio Carmona, «El Gordito», vuelve a cederle los trastos para matar al toro «Barrigón» de Dña. Gala Ortiz con Cayetano Sanz de testigo. En 1867, en Granada comienza la noble competencia con «Frascuelo», que duró hasta la retirada de éste en 1890. D. Francisco Urzáiz, amigo íntimo de «Guerrita», viejo seguidor de «Lagartijo», preguntó una mañana al «Guerra», refiriéndose a su inesperada retirada: -Rafael, sigo sin entender aquella huida que hiciste en Zaragoza ¡Porque fue una auténtica huida! Cuando estabas en lo mejor de tu carrera... -Usté no sabe na de la cuestión. —¿Cómo no voy a saber? Tu maestro «Lagartijo» se despidió de los toros como correspondía a su historial y a su prestigio; treinta toros para él sólo en cinco corridas ¡Como Dios manda! -¡Qué va usté a sabe, don Paco...! Cuando jise aquello de Zaragoza, tenía mi razón. Me libré así de que el público me presentara la cuenta en la forma que se la presentó a mi maestro Rafeé... El Califa «Lagartijo» tenía cincuenta y dos años y una carrera cimentada, construida y rematada sobre una sobria y sólida personalidad humana y artística, plenas de elegancia y torería. ¿Qué había pasado para suscitar aquellas palabras del Guerra? De la misma forma que el mundo taurino necesita a sus héroes de seda y oro para seguir viviendo, los toreros necesitan una cohorte de acólitos para poder ser y sentirse. Una nube de seguidores, una plaga de moscones y un círculo de consejeros siguen, exprimen y aconsejan al torero para que, al fin, sea él quien se equivoque en el ruedo. Y «Lagartijo» supo en su despedida equivocarse hasta cinco veces llevado de su vanidad torera, empujado por sus consejeros (¿interesados?). Toda una carrera, de las más triunfales de la historia del toreo, sufrió el bochorno de cerrarse con el más pobre y oxidado de los broches. «Epílogo lamentable de la carrera taurina de toda la tauromaquia» llamó Enrique Vila a su despedida, y «Cometiendo el pecado de no retirarse a tiempo, él mismo fraguó su derrota», dijo de la misma Aurelio Ramírez Bernal. Porque sus consejeros le organizaron una postrera campaña tan sustanciosa económicamente como artísticamente nefasta. Zaragoza, Bilbao, Barcelona, Valencia y Madrid los días 7 de Mayo, 11 de Mayo, 21 de Mayo, 28 de Mayo y 1 de Junio respectivamente, fueron escenario del más que tremendo fracaso artístico de «Lagartijo», que despachó en solitario toros del duque de Veragua (salvo en Zaragoza que fueron del conde de Espoz y Mina, antes Carriquiri). Pero una equivocada despedida con un equivocado planteamiento no empaña una historia, una carrera y una vida tan ejemplares como significativas para la historia del toreo. Personaje de leyenda, estuvo 41 años en los ruedos, actuando en 1.645 corridas, estoqueando 4.872 toros, y con sólo 7 percances de consideración. De él dijo «Frascuelo»: «Rafael, ante ti me quito el sombrero, y no me quito la cabeza porque sin ella no puedo torear»; y el «Guerra»: «Valía la pena pagar la entrada sólo por verle hacer el paseo». De quien fue prototipo del espíritu y la idiosincrasia cordobesa arranca todo el toreo moderno con la estilización sabia de Joselito y la revolución de Belmente. Empaque, presencia, don natural, ademán que hacía de la elegancia una necesidad vital, tradición cordobesa, se resumía en este hombre. El torero más clásico de la Fiesta, pues «Lagartijo» es puro clasicismo. Usaba la capa con ritmo lento, el vuelo amplio, con solemnidad majestuosa. Con el capote, su precisión era extraordinaria y su eficacia admirable. Practicó todas las suertes conocidas hasta entonces, banderilleó en todos los terrenos con majeza y empaque; su poca ortodoxia con el estoque la suplía con gran habilidad practicando la media lagartijera con suerte, eficacia e infalibilidad. En palabras de Leopoldo Vázquez, Luis Bandullo y Leopoldo López Sáa, «Lagartijo» se presenta en el redondel y lleva tras de sí la admiración. Su figura, sin pretenderlo, es elegante; cada postura suya puede inspirar un cuadro; tiene el capote y remata con una larga que ondula y envuelve el cuerpo erguido que a poco avanza paso a paso, mientras el capote se desenrolla con las mismas ondulaciones que se arrolló... Al toro que llega rebrincando, indeciso, le toma con un magnífico pase en redondo, juega con la muleta, los sujeta, los burla y embebe, los alegra con las banderillas, y los cambia y llega con ellas, y las deja como al descuido, y hay en todo elegancia y el corte perfecto de la nueva escuela, que estaba destinado a sintetizar y a hermosear el toreo más grande de todos los tiempos.» (Enrique Asín Cormán —Centenario Taurino— Zaragoza 1993). Se retiró de los toros en 1893, y falleció en Córdoba el 1 de Agosto de 1900. Al gran «Lagartijo», al único Califa del toreo, mi homenaje poético: LAGARTIJO "EL GRANDE"

 

                                                                 AL CALIFA LAGARTIJO

 

                                                                              Es la Córdoba de ayer, de siempre, atravesada

                                                                              por el río que divide, a su pesar,

                                                                              el Norte y el Sur; apuñalada

                                                                              su piel en jirones de un bienestar fino

                                                                              y hambre dura, señor y esclavo. Lagartijo escribe

                                                                              con la capa y con la espada su destino.

                                                                              En ésta ciudad de nada

                                                                              —casas blancas en torcidos callejones,

                                                                              pantalón de pana recosido,

                                                                              que se dobla al paso cansino y altanero

                                                                              de cuatro señorones—,

                                                                              moreno, alto, espigado,

                                                                              talle acostumbrado a burlar la muerte

                                                                              de un aluvión de furia desatado,

                                                                              Rafael cita, burla, encela

                                                                              con un trapo sin color, con gallardía

                                                                              y aprende la lección que da al toreo

                                                                              la esencia y el saber de la alta escuela.

                                                                              Madrid, Sevilla, España entera,

                                                                              desde el Norte gris al hondo Sur no ha visto nada

                                                                              como el vuelo sin igual de su muleta

                                                                              o el rasgueo certero de su espada.

                                                                              Y escriben para él, cantando a coro

                                                                              mil voces, por decir al mundo entero

                                                                              que es, y le nombran sin dudar como el primero,

                                                                              cordobés y Califa de los toros.

 

 

 

 

 
 
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