A pesar de los pesares, y sin que en ello medie la voluntad de los pueblos, la historia se repite, para bien o para mal, en períodos cíclicos de más o menos duración. Y en el mundo de los toros no podía ser de otro modo. Córdoba, tras un largo paréntesis de abundancia (Pérez de Guzmán, Lagartijo, El Guerra...) se ve abocada a un no menos extenso ostracismo, cediendo el cetro de la hegemonía torera a Sevilla, Madrid o Cádiz, y los altibajos de arte y mediocridad, se suceden sin solución de continuidad. A salto de mata, en el firmamento taurino despuntan brotes que prometen inmejorable
cosecha, que sin embargo no llegan a florecer en el tan ansiado estrellato de que tan falta está la ciudad de los califas, que no hace tanto tiempo se vio enriquecida por la flor y nata del arte, valor, estilo y personalidad, mandando e imponiéndose en el universo taurino. A la ya larga lista de los que merecieron y no pudieron alcanzar el firmamento de los grandes, teniéndose que conformar con un más que discreto brillo, debemos recordar a un pequeño y opaco matador nominado José Rodríguez y Sánchez en la pila bautismal y «Bebé Chico» en el santoral taurino, que vio la luz el 17 de abril de 1870, y que no tuvo que esforzarse en buscar una profesión, ya que se lo dio hecho el pertenecer a una larga dinastía de coletudos: hijo del banderillero Manuel Rodríguez Manolete, sobrino de «Pepete», hermano de Manolete y tío del que sería universalmente conocido como «Monstruo». De una niñez enfermiza, pero hábil e inteligente, empezó muy pronto a asistir a capeas y a cuantos espectáculos taurinos se celebraban en Córdoba. Apenas sin saber sostener una muleta, actúa por primera vez ante un toro el 15 de agosto de 1885, actuando con José Ramos «El Pesca». Su actuación descubrió sus dotes de valentía y maña, ambos formaron la pareja de matadores en la cuadrilla de jóvenes que formó Manuel Fuentes «Bocanegra». El primer apodo de nuestro torero fue el de «Pijulín», y en dicho año torearon bastantes corridas, cosechando no pocos éxitos. En esta cuadrilla se mantuvo hasta 1888 en que ingresó como banderillero y sobresaliente de espada en la cuadrilla de sevillanos, de «Minuto» y «Faico», recorriendo numerosas e importantes plazas de España y Francia. En 1889 vuelve de nuevo a la cuadrilla cordobesa, e instalándose al poco
por su cuenta, alternando con los principales novilleros de la época, y se presenta en Madrid el 19 de marzo de 1892 alternando con el referido «Faico» y José Fernández «Corona», adoptando entonces el apodo por el que será por siempre recordado: «Bebé Chico». Pero en el mundo del toro, una cosa es subirse a la higuera, y otra muy distinta coger brevas, pues siempre hay que contar con el otro actor de la obra: ¡el toro!; y este no le dejó lucirse, pues el de Veragua (por nombre Guitarrero) dejó bien patente quién mandaba en el ruedo. No obstante repitió el 3 de abril alternando con Lesaca y Mancheguito y enfrentándose a reses de Félix Gómez. Y aquí sí dio la medida justa de sus aptitudes, y dado que estas se mostraron más que aceptables, se hizo un gran cartel tanto con la flámula como con la tizona, pues realizó una encomiable labor con los trapos, adornándose en los quites, colocándose en el puesto justo en el ruedo, banderilleó con gallardía y donaire, y mató con habilidad, a pesar de su baja estatura y la monumentalidad de las reses. Dado su éxito, firma en la capital seis novilladas y una corrida mixta y al ser de los novilleros más solicitados por los públicos, fue contratadoen los más importantes cosos nacionales, matando los últimos toros de corridas formales en las que actuaban «Guerrita», «Gallito», «Torerito», «Minuto», «Pepete» y otros renombrados toreros. Pero si en el toreo las prisas nunca fueron buenas, tampoco lo son la pereza y el hacerse muy visto, y eso fue lo que le ocurrió a nuestro hombre, que se mantuvo en el escalafón de novilleros hasta 1900, adormecido en un nivel en el que toreaba más novilladas que nadie a final de temporada. Y el sueño de los justos adormece más que el opio y «Bebé Chico» se despertó. Cuando en 1899 llegaron empujando la nueva generación compuesta por «Machaquito», «El Chico de la Blusa», «Saleri» o «Segurita», arrastrados por «Cocherito», «Revertito» y «Valentín», así es que tomó ¡por fin! la alternativa en Madrid el 22 de julio de 1900, mano a mano con Enrique Vargas «Minuto» y reses de Basilio Peñalver. Aunque el mano a mano se quedó en un solitario, pues «Minuto» fue cogido en
el segundo, y el de Córdoba hubo de pechar con toda la corrida (caso único en la historia del toreo en una alternativa) y otra «curiosidad» en una alternativa fue que la formaron los dos matadores de más corta estatura de los que se hallaban en activo. Permítanme otra curiosidad que no me resisto a detallarla: el toro de la alternativa, «Mariscal», era grande para cualquier torero de doble talla que «Bebé Chico» y sin embargo, el corto cordobés estuvo a lo grande, como se puede leer en «La Lidia», en la crónica de la corrida: «...Puede decirse en su elogio que, a pesar de tan larga tarea, no demostró cansancio ni desaliento. Es un torero compuesto y habilidoso que sabe luchar con la inconveniencia de su talla física». Pero diez años de novillero, y el ser conocido de sobra en todas las plazas, le hizo perder el tren de la oportunidad, cediendo el interés del público a favor de la nueva hornada de toreros, y así, en las once temporadas que se mantuvo en activo, hasta su retirada en 1910, solo toreó 37 corridas. Después de su retirada como matador se vistió algunas veces de luces para acompañar a su hermano «Manolete» como peón. Toreó en México en 1903-04, y no tuvo más que una cogida de consideración: el 28 de agosto en Hinojosa, saliendo herido en el cuello. Esto dice mucho en su favor, pues el hábil e inteligente torero rara vez sale cogido. Diestro artístico, hábil y de recursos, valiente y arrojado, dejó pasar su valía y buen hacer, al añadir a su corta estatura, lo que dificultaba a la hora de matar, a pesar de su habilidad, el haberse embriagado del éxito de su etapa novilleril, y no haber tomado la alternativa en el momento oportuno, lo que sin duda le hubiera colocado en un puesto de cabeza entre la cuadrilla de coletudos que llegaron arrasando. Falleció en su ciudad natal el 30 de septiembre de 1922 olvidado de todos. Para él va mi recuerdo poético.
ROMANCE A JOSÉ RODRÍGUEZ
«Bebé Chico»
¿Quién no soñará despierto
el sueño de tu recuerdo?
Se canta por las tabernas
tu nombre, como en un rezo,
que tu estampa cordobesa
tiene embrujo de flamenco.
Cualquier plaza; brilla el sol;
abanicos, sentimientos,
y mil emociones beben
miríadas de ojos abiertos,
cuando te enfrentas al toro
como una estatua de fuego,
la tristeza en la mirada
que parece estar pidiendo
una caricia de seda,
la flor cálida de un beso.
Cobijado en el ardor
poderoso de tu juego
oyes que el aire murmulla,
y después se queda quieto,
–que el aire es también gitano
con muchas canas de tiempo,
y además, aficionado
con talante marismeño–:
–¡Saca ese aire, José;
abre del capote el vuelo
como en las noches repletas
de fiebre de novillero,
con toros de luz de luna,
y tú solo, hasta sin miedo!
¡Busca en mi cielo sin rumbo,
por los aplausos despierto,
la gloria con la que sueña
tu arte de gran torero!
Y se acallan los murmullos,
la plaza ya se hace templo,
para contemplar el rito
–musical igual que un verso–,
del vuelo de tu capote,
del sueño de tu toreo.