Dedicatoria. A mis amigos Millán, Ramón, Mariano y Agustín, Charros del Abadengo y la Gudina.
Dice la leyenda de ese pequeño pueblo, cercano a Salamanca, que el agua de sus manantiales dañaba la dentadura y que al mismo tiempo agudizaba los sentidos. De ambas aseveraciones puedo dar fe, por haber tenido bastante vinculación con dicho núcleo urbano al residir allí muchos años mi prima hermana Trinidad Sánchez Severino, casada con el veterinario titular Jesús Sánchez Ramos, a los que visité con frecuencia, pues además con ellos vivía mi tía Teresa Severino Barrueco, y la última vez que estuve en Rollán fue en su entierro hace más de 40 años. Mi prima, desde su puesto de maestra del lugar, impartió clases a dispar alumnado, donde surgieron brillantes universitarios, y otros de sus discípulos se encauzaron desde muy jóvenes por derroteros que aunaban estas cualidades: sagacidad, ambición y mundología de la vida. Estos fueron los que yo bauticé como «La saga de los Moro», y con dos de ellos me unió y me une una fraternal amistad: son Miguel Alonso Moro y Eliseo Moro «Giraldés», siendo también de esa saga Emilio y Baldomero Alonso Moro. Los cuatro destacaron por su gran afición a los toros desde distintos prismas, pues Eliseo dedicó su juventud a probar fortuna como novillero y como su estilo agitanado no estaba acompañado por el valor, se desilusionó y marcho a Alemania para rehacer su vida. Miguel, en una ascensión vertiginosa, fue uno de los primeros constructores de Salamanca, adquiriendo una finca ganadera en Villaseco de los Gamitos, lo que
alternaba con su asistencia como espectador a todas las ferias taurinas de importancia, y albergaba gran ilusión por conocer la Fiesta Taurina en Sudamérica, por lo que mi amigo del alma y socio Rafael Sánchez «Pipo» y yo le invitamos a Venezuela donde éramos empresarios de siete plazas de toros, y en esa tierra ultramarina, el de Rollán dejó la impronta de su elegancia, simpatía, esplendidez y saber taurino, recibiendo brindis de mis poderdantes, los matadores de toros Joselito Huerta (mexicano) y César Faraco (venezolano) en las plazas de Caracas y Mérida, y del poderdante de Rafael que era el mejicano José Ramón Tirado en la plaza de Maracaibo. Su hija Inmaculada está casada con el más genuino representante de la ganadería charra de Villavieja de Yeltes, Javier, hijo del que fue gran amigo mío Vidal García Tabernero; un auténtico pura sangre: veterinario, ganadero y señor. A Eliseo Moro «Giraldés» le perdí la pista, hasta que al regresar de su periplo germano en el año 1963, un día recibo una llamada telefónica suya en mi casa de Madrid, lo que me produjo una gran alegría, por lo que concertamos una cita en la cafetería Dólar y en ésta me pidió que lo pusiera en una novillada picada en San Sebastián de los Reyes, pues sabía de mi relación comercial y amistad con el empresario Eduardo San Nicolás Gullén. Y dado el cariño que yo le tenía, a los quince días actuó en dicho coso con novillos míos, dándose la particularidad de que sin que él lo supiera lo anuncié así: Eliseo Moro «El Emigrante»; como comprenderéis se llevó una gran sorpresa ante el apodo que le puse. Y a pesar de estar muy digno en el festejo con un flamante terno rojo y oro y comprendiendo las dificultades que entrañaba seguir en la profesión, ese día se retiró como coletudo y se inició como empresario taurino, organizando numerosos festejos, muchos en sociedad con Paco Gil, y otros solo, y continuamos con nuestra fraternal relación, lidiando novillos mío en La Coruña, Betanzos y Guijuelo (en ésta un 15 de agosto con Julio Robles «Minuto» y «Niño de la Capea», en tarde triunfal de todos) y antes en Salamanca fue empresario del debut con picadores del «Capea», al que apadrinaba y ayudaba Paco Prado de Tejares, con reses del articulista. Tenía como fiel colaborador a un joven bancario nacido en la pequeña localidad charra de Tala, y que hoy es un hostelero de tronío y ganadero de reses bravas en sus fincas de Miranda de Pericalvo, Arevalillo y Garcigrande. Me estoy refiriendo a Adrián Castro, que tiene como socio en todo ello a José Antonio Martínez Uranga «Choperita». Al retirarme yo del mundo taurino por boda, nos dejamos de ver, hasta que estando el suscribiente con sus compañías teatrales en la feria de la Virgen Blanca de Vitoria en el año 1999, quiso el destino que nos volviéramos a encontrar; ni que decir tiene que lo sellamos con un emocionante abrazo; fue un día inolvidable, pues también coincidí, después de muchos años sin vernos con mi íntimo y viejo amigo Alfonso Navalón y pasamos cinco días de emotivos recuerdos en los que Eliseo nos invitó rumbosamente a Alfonso, a Gloria, mi mujer, ya mí, abrumándonos con sus atenciones. Ya no perdimos el contacto y tres años después con motivo de la boda de su hija María Ángeles, la más espléndida e impresionante que jamás conocí, en el Hotel Doña Brígida de Salamanca, me encontré con amigos muy significativos de la charrería: Mariano Rodríguez (dueño del hotel, del diario Tribuna e importantísimo constructor y ganadero), Juan José Hidalgo (propietario de Viajes Halcón), el político Pedro Román (dueño del Gran Hotel y del Monterrey), Adrián castro y otros muchos más del mundo del toro y negocios, que se referencian en estas rimas que transcribo y de las que es autor «El Charro de la Gudina»:
Fue una boda sin igual,
que no admite parangón
el Gitano de Rollán,
con su arte se salió.
Llegaron en Rolls flamante,
la novia que es un «bombón» y
su padre «ex-emigrante» en la vida triunfador.
De «La Casta de los Moro»
estaban Miguel y Mero,
aficionados al toro
y además dos caballeros.
Y estaba «El niño de Tala»
éste es Castro, don Adrián,
brindando con «Galo» cava
con Choperita y su clan.
Y Rodríguez, Mariano
que del brigada es «el amo»
con el poeta ha hablado
de nostalgias del pasado.
Igual que Pedro Román
que es «charro» con pedigrí
con hechuras de «Don Juan»
y socio de Jesús Gil.
Y también Paco Camino,
camero de gran sabor
con su bella Sánchez flor,
fue a ver a Severino,
y de una finca se habló.
Guijuelo y Vitigudino,
en el «Junior» Severino,
y la saga de «Los Moro»
en Yoni, que es su cachorro.
Pequeño, pero matón,
estaba Juan el de «Halcón»
y con la novia bailó.
«Los Capea» y «Los Martínez»
demuestran gran emoción
cuando ven en los pasquines
que no viene Navalón.
¡¡¡Gran error!!! ¡¡¡Sí señor!!!
Brindaron con el padrino,
sus amigos del «ayer»:
Navalón y Severino,
y «El Camborio», don Miguel,
y con Adrián, su delfín,
ganadero de postín.
y que remata así el articulista
Y no hay que hacerse ilusiones,
porque al Charro más valiente,
si se le arruga la frente,
se le arrugan «los calzones».