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El Toro Enmaromado de Benavente
 

 

Las raíces del Toro Enmaromado de Benavente se pierden en la leyenda y en la tradición. En la leyenda que relata como una condesa zamorana sufrió la pérdida de un hijo en las astas de un toro de su ganadería. Mandó sacrificar la res y ordenó que se donara todos los años un ejemplar de su vacada para que, enmaromado, corriera por las calle de la villa castellana en víspera del Corpus. En la tradición, y en la continuidad de un festejo que arranca en 1690 y se prolonga hasta la actualidad. Contadas fueron las interrupciones, la más notoria aquella que dejó el lugar sin Toro de 1909 a 1939. Se conservan multitud de documentos de los siglos XVIII y XIX y entre estos archivos que son parte de la Historia escrita de la comarca, cabe  destacar la curiosa iniciativa popular que logró la celebración del Toro de Cuerda, cuando el dinero destinada a las fiestas fue desviado a prestar ayudas por la guerra de 1848.

Unas cinco mil personas apretadas en la Plaza Mayor participan del rito preludio del acontecimiento: la petición del Toro Enmaromado. La fecha recae en el lunes de la segunda semana de Pascua, día de la festividad de la patrona de Benavente, la virgen de Vega, popularmente conocida como la “Veguilla”. La Plaza correa frenéticamente las consignas al uso y une sus voces a gritos de ¡Toro!, ¡Toro! para verse otorgado simbólicamente el cornúpeta por las autoridades. Faltan cincuenta días para la exaltación de la Eucaristía, el Corpus Cristi, y el morlaco saltará a las calles de la ciudad. Mientras que los mayores lucen traje de gala para la ocasión, los más jóvenes convierten la cita en una fecha de pantalón vaquero, camiseta y pañuelo rojo, como si de la propia fiesta del Toro Enmaromado se tratara.

El lunes de la semana del Corpus Cristi este mismo escenario de la gran Plaza acaba de nuevo consumado de público, repleto de benaventanos y forasteros prestos al disfrute. A las ocho y media de la tarde, expresado el mandado de diversión del Alcalde, las miradas siguen sin perder de vista la trayectoria ascendente del cohete, y arrancan las fiestas al estruendo anunciador del chupinazo. La ciudad se convierte en un jolgorio con las peñas como principal protagonista, completándose el desfile inaugural con las carrozas de las reinas, los gigantes y las charangas en el primero de los espectáculos de calle de la Semana Grande del Toro Enmaromado.

Al día siguiente, martes, Benavente entera sale a recibir al Toro. Con puntualidad, a las siete de la tarde, una bomba anuncia la llegada de la caravana que acompaña el Toro y el Torito del Alba. Una hora después ambos pueden ser contemplados en la plaza de toros.

El día grande, “Miércoles del Toro”, el astado es embarcado hacia las cinco y media de la tarde destino al toril de la calle Valenzuela. Cuatro enmaromadores son los encargados de encordar al animal, un buen mozo de cinco años o más, que saldrá atado a la base de su cornamenta por una maroma de popipropíleno, antiguamente era de cañamo, que mide ciento treinta metros y pesa la friolera de sesenta y nueve kilos.

Como manda la costumbre local, un primer artefacto suena al filo de las siete, y le suceden otros dos a quince minutos de intervalo, el último y definitivo pregonando la salida del morlaco a las siete y media en punto. Es entonces cuando se puede comprobar el juego que ofrece el ejemplar. Los toros, bien lo dice el refrán: “Al igual que el melón, como salen son”. Benavente vibra con su Toro Enmaromado mientras permanece por sus calles, y es que la carrera alcanza a veces las tres horas de duración. A su paso dejará heridos por asta, pocos, aunque si múltiples accidentados con contusiones y esguinces, por lo general. El público que abarrota el recorrido resulta ser el principal antagonista del festejo. Bien a pesar de que numerosos y experimentados corredores vigilan que la carrera se desarrolle de la más ortodoxa de las maneras. Existe incluso a tal efecto un código de conducta al que los mozos recurren para paliar las situaciones de peligro más frecuentes. A la voz de ¡Maroma! saben que deben aflojar la marcha los situados delante de aquellos que dan la voz. Esta advertencia indica que el toro se ha detenido o ha disminuido su velocidad. A la inversa, ¡Toro! avisa que el animal arranca de nuevo, o acelera, teniendo los corredores que hacerse al cambio de ritmo. A su vez, la voz de ¡Esquina! pide que se lleve la maroma a la acera contraria para evitar roces con algunas de las paredes del circuito. El toro se beneficia de algunos ratos de descanso y se le refresca en las tres plazas que jalonan el recorrido. Muchos aprovechan estos momentos para citarle y es cuando se producen las mayores cogidas. Las primeras carreras son lógicamente impetuosas, la res gana mucha maroma y por ello desde su salida del toril no se le debe dejar muy suelta. Es preciso aguantar firme o sino es mejor no agarrar la cuerda. Pero cierto es que pasado ese trance, el festejo benaventano está fundamentalmente abonado al toro trotón, sobrado cumplidor de su condición de “gayumbo” que se exige de él, para que los mozos corran y los espectadores lo vean, a gusto. Cómodamente, de principio a final, sin prisas ni pausas, hasta el matadero municipal donde al concluir el trayecto es sacrificado a manos de un matarife profesional.

Además, Benavente cultiva la cantera y ofrece aquel miércoles por la mañana el Torito del Alba, con verdadera y entusiasta participación de centenares de pequeños que al instar de sus mayores disfrutan agarrándose a la maroma y viendo de cerca al becerro, cuyas trastadas provocan más de un susto a los chavales, bajo las atentas miradas de unos sufridos pero orgullosos padres.

El amplio programa festivo copa todavía la atención de los presentes en los días sucesivos, proponiendo un sinfín de actividades de las cuales destacan los toros de fuego, los conciertos, las corridas de toros, los encierros, los fuegos artificiales y los concursos infantiles. La misa y la procesión del Corpus dan por clausuradas las celebraciones el domingo por la tarde.

El Toro Enmaromado de Benavente goza ya del reconocimiento que le otorga su condición de Fiesta de Interés Turístico Regional, que cada año convoca a más de treinta mil personas, venidas de todos los rincones de nuestra geografía. La ciudad se vuelve la casa de todos, y nadie se siente forastero compartiendo la alegría, la tradición y el regocijo con cuantos quieran participar al lado de las peñas, que ponen la nota colorista y jovial, siendo no cabe duda el alma y corazón de estas fiestas.

 

 

 

 

 
 
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