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Antonio Cañero
 

Conocí a Conchita Cintrón en una exposición monográfica que se le hizo en Lima allá por el mes de septiembre de 1985. En aquella ocasión hablamos un par de minutos, tiempo que aprovechó para enviarme de mensajero con su saludo para mis paisanos cordobeses. Volví a verla, esta vez en una charla que duró más de dos horas, en su finca mejicana de Guadalajara, donde ocupaba su tiempo en dar clases de equitación, dos años más tarde, por expresa invitación suya. Me habló largo y tendido de toros, de sus tardes de triunfo en España, y, sobre todo, hablamos (me habló, sería más propio) de un hombre al que ella admiró, como persona, y sobre todo, como torero. Pasamos media tarde hablando escuchando sus recuerdos de D. Antonio Cañero.

En el 2007 se cumplen 55 años del fallecimiento del caballero rejoneador de Córdoba, quien, aún siendo centauro, puede ser considerado dentro de la categoría de matadores de alternativa, ya que además de haber alternado con lo más florido del escalafón taurino de la época, al igual que los matadores sorteaba las reses que había de lidiar, y cuando no los abatía con el rejón de muerte, echaba pie a tierra y los muleteaba con reciedumbre, brevedad y justeza, y los mataba con estilo y acierto. Pero, sobre todo, su mérito estriba en el hecho de haber creado escuela. Hoy se torea a la jineta según los cánones que D. Antonio impuso. Pero vayamos por partes...

Antonio nació en la calle Osario, en el taurino barrio de La Merced de la Córdoba califal y taurina, el 1 de enero de 1885, en el seno de una familia de gran tradición ecuestre y campera. Su padre, D. Manuel Cañero Velasco, Comandante del Cuerpo de Equitación Militar, fue su maestro en el aprendizaje de monta y doma. De sus dos hermanos, Arturo y Manuel, el segundo falleció en Zaragoza a consecuencia de la coz de un caballo junto al corazón. Un aire familiar, el de los equinos que respiró desde los primeros momentos, y que le acompañaría hasta el final. Inicia su actuación, como torero de a pie (lo que sirvió mucho durante su carrera, a la hora, sobre todo, de la suerte suprema), en festivales benéficos en 1913. Es a partir de la Corrida Patriótica del 14 de octubre de 1921, que su fama como rejoneador toma camino. Va a Francia, donde es considerado el ¡único! El 2 de septiembre de 1923 se presenta en San Sebastián como profesional, y ya su fama no encuentra obstáculos, acrecentada de éxito en éxito, lo que le supone un aumento considerable en el número de actuaciones. En 1924 alcanza a firmar 85 corridas, de las que pierde 15  a causa de una cogida en Murcia. En Portugal, causa impresión al competir con los «cavalleiros» lusos y ser el único que torea los toros en puntas, contra la costumbre, hoy absolutamente aceptada y generalizada de torear los toros enfundados. De las 70 corridas de 1925, baja a sólo 14 el año siguiente, a causa de otra grave cogida en Bilbao. Pero éste año queda marcado con letras de oro en su historial, al ser el primer torero que estoqueó un toro, en el coso portugués de Campo Pequenho, en presencia del Gobierno de la Nación. En 1927 torea 35 corridas, y 16 en 1928. Este año va a México, donde contrata cinco festejos. Al año siguiente, tras la temporada española, torea en Venezuela y Perú. Llega el año 1936, en que da por terminada su carrera taurina, al incorporarse al Ejército, con el grado de Teniente Coronel del Cuerpo de Caballería. Impone en las plazas un modo personal y particular del toreo a la jineta. En efecto, la monta andaluza fue consecuencia de la equitación especializada para el manejo del ganado vacuno; este tipo de monta, conocida como doma andaluza, o vaquera, resultaba imprescindible, en la manipulación, selección y brega de las reses bravas. D. Antonio une este tipo de monta campera al toreo ecuestre que se estilaba en la época; usa en las plazas el traje campero, sombrero cordobés, zahones y botas de cuero. Su manera de torear resulta emotiva, recia y gallarda. Rozó la perfección. Puesto que sus inicios, como hemos visto, fueron de torero de a pie, se le considera con todo derecho y justicia entre los matadores, con los que alternó con dignidad, pues de todos es conocido que entraba con ellos (cosa no usada jamás por los rejoneadores) en el sorteo de las reses, a las que toreaba en puntas, o echando pie a tierra, aguantaba valientemente y estoqueaba con arte, decisión y certeza. Destacó entre lo más florido del escalafón ecuestre, como los españoles Julián Cañedo Longoria y José Pérez de Guzmán, o los portugueses Simao da Veiga y Joao Nuncio. Todos alaban la primacía del cordobés en el arte del rejoneo. Muy artístico y valiente en el arte de banderillas, que colocaba al galleo, ganando la cara, y la aún más emocionante de las cortas. Clavaba los rejones al estribo, a silla pasada o a la grupa ; a la hora de matar, si el toro lo permitía, realizaba la suerte de cara o de rostro, aunque no rehuía otras suertes más fáciles y de menos riesgo (a toro corrido y a la media vuelta). En definitiva, un aficionado práctico con los toros y ducho con los caballos, de los que poseía una bien surtida y excepcional cuadra. Recordemos a «Montellino», pura raza española, con el hierro de Miura; «Águila Blanca», de raza andaluza, a la que sólo montaba para hacer el paseíllo, del hierro jerezano de los Guerrero, o aquel «Miura», del hierro de Félix Suárez. Pero sobre todas, destacó la jaca «Bordó», anglo-árabe, con hierro de Vicente Martínez, de Colmenar Viejo. De bautismo Guerrera, se le cambió el nombre por el de «Bordeaux» el 14 de junio de 1923 en Burdeos (Francia) tras su debut en dicho coso. La ceremonia del «bautizo» se llevo a cabo en la bodega del inglés Mr. Jonson, siendo los padrinos de ceremonia el conde de Laúsen y una amazona francesa, quienes, como agua bautismal, escanciaron sobre el noble bruto una botella de antiquísimo burdeos. El nombre se españolizó, y desde entonces es mundialmente conocida como «La Bordó». De la citada jaca, cuenta D. Gregorio Corrochano en un artículo publicado en ABC, con el título «El Pedestal de Cañero», que: ...El caballo llegó a posesionarse de su papel torero. Una tarde, en Córdoba, resbaló y cayó, quedando el jinete en posición descubierta y peligrosa frente al toro; éste hizo por el derribado rejoneador, y entonces la jaca se levantó, arrolló a Cañero y se llevó al toro. Un quite en toda regla, pues no era la salida natural del caballo. Hípico de San Sebastián (dotado con 100.000 Pts.). Al saltar un obstáculo, cayó del caballo sufriendo la fractura de una pierna. Al día siguiente, ante la sorpresa de aficionados y profesionales, con la pierna escayolada, tomó parte en el concurso, montando sin estribos, ganando el Gran Premio. Todo un ejemplo de amor propio y profesionalidad. Retirado en su finca cordobesa «La Viñuela», falleció el 21 de febrero de 1952, a consecuencia de un edema pulmonar, según certificación de los doctores Peralbo y Ubera. De la obra de Rogelio García Pérez «El libro de Cañero» entresaco de opiniones, que muestran a las claras la universalidad del rejoneador de Córdoba: ...»Une Cañero a la gallardía del jinete andaluz, la gracia del toreo sevillano y el valor y la elegancia del verdadero tipo de caballero español»... ...» La fama de éste hombre en el extranjero es enorme, y se le considera por sus triunfos en la lidia como un personaje casi de leyenda»... Y puesto que el toreo es arte, como la poesía, permítaseme el homenaje de unos versos al mejor rejoneador de la historia. D. Antonio Cañero dio la más majestuosa de las lecciones desde la verdad y el sentimiento de ser, saberse y sentirse el mejor. Valga como muestra ésta anécdota. En cierta ocasión tomó parte en el Gran Premio

 

                                                           AL AS DEL REJONEO

                                                              (D. Antonio Cañero)

 

                                                           Caballero cordobés, centauro

                                                           de los hispánicos ruedos,

                                                           majestad sobre la grupa

                                                           de otro centauro torero,

                                                           un alazán soberano,

                                                           trono inquieto, compañero

                                                           y doctor del arte ecuestre

                                                           en el alcázar del sol, impetuoso

                                                           viento que en el ruedo agrupa

                                                           valor, poder, gloria y muerte.

                                                           Jaca que a los cielos reta

                                                           con relinchos de victoria,

                                                           y al dios tauro cita a duelo.

                                                           En el libro de la Historia,

                                                           tu poder va escrito en Gloria

                                                           sobre el dios muerto, ya hielo.

                                                           Tu rejón, rayo certero...

                                                           sobre el testuz hiere al aire,

                                                           y escribe en letras de sangre

                                                           tu historia, Antonio Cañero.

 

 

 

 

 

 

 
 
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