Uno de los impulsos que caracteriza a la mujer es la entrega. Todo lo que piensa o realiza tiene la impronta del tesón, del esfuerzo hasta límites extremos, empeño y voluntad. Aunque para ello tenga que recorrer un camino nada fácil, plagado de baches; en estos caminos difíciles encontramos fuerza para vadearlo, magia para ambicionarlo. Hablaba en el número anterior de las mujeres toreras que ocuparon el tiempo de los siglos XVIII y XIX, que encontraron las puertas a sus aspiraciones cerradas por Real Decreto (Femando VII), acoso de periodistas y escritores, y hasta por bula papal o anatemas eclesiásticos. El fenómeno de la mujer en los toros no puede por menos contemplar esta característica tan femenina y peculiar: por un lado la lucha contracorriente frente a las acometidas del otro género de aficionados, traducidas en chanzas cuando no en insultos y hasta en groserías, impropias a todas luces de unos espectadores que van a la Plaza empujados sin duda por los dos elementos consustánciales a la Fiesta: el arte y el valor. Ninguno de estos dos elementos se merece una aproximación que se base en la vulgaridad del desprecio, en el uso y el abuso de un machismo institucionalizado. Y eso, porque el arte tiene alma femenina, y el ojo de la mujer capta (si entiende) hasta el más mínimo detalle de cualquier manifestación artística; y en cuanto a saborear el valor ¿qué me dicen de esas mujeres madres o novias o hermanas que sufren en silencio el peligro, el riesgo y el dolor de un torero con el solo bálsamo de una oración callada, de un suspiro que ahoga o de una lágrima furtiva que empaña la vista, y que hay que en jugar de un manotazo para poder seguir viendo? ¿No saben apreciar el valor quienes dan muestra de uno inmenso, sin exaltación, a cuerpo descubierto que es como tiene que ser el valor? En el
otro platillo de la balanza están las mujeres actoras, las toreras. Este género ha sido siempre un Guadiana intermitente de vetos y de olvidos que discurre por los páramos de una .prohibición legal nunca abolida del todo, pues sólo en 1974 el régimen franquista, en su casi epílogo levantó un veto, el último por ahora, impuesto en 1908. La 2.a República trajo consigo una serie de libertades y derechos para la mujer (nueva aparición de ese Guadiana de que hablamos) como la igualdad jurídica o la patria potestad y el acceso al voto. El veto dictado a principios del siglo pasado fue la consecuencia de la lucha solapada que desde la segunda mitad del siglo anterior (XVIII) mantuvieron periodistas y escritores para que el toreo fuese prohibido. Y el toreo femenino fue sin duda el más acosado, y por consecuencia el que se llevó la peor parte. Claro está que también la mujer tiene su parcela de culpa en este encono, al menos en los últimos tiempos de los ya citados siglos XIX y principios del XX, y necio sería cerrar los ojos a esta realidad. Como entre los hombres, en donde siempre ha habido y habrá legiones de aventureros (en la acepción literal de la palabra, o sea, que busca la aventura) que ansian al amparo del traje de luces la fortuna que la suerte les ha negado, a las mujeres que han querido ser toreras les ha perjudicado las decenas de aspirantes que buscando fama rápida, se han lanzado a los ruedos, posiblemente con afición, pero sin la más mínima noción ni aptitud para el menester. Pero al contrario que entre los hombres, en donde se distinguían los buenos de los mediocres y de los nulos, las mujeres han sido siempre embarcadas en el mismo carro de los destinados a la hoguera. Todas ellas, sin distinción de arte, valor u oficio. El toreo femenino, al estar sólo autorizado a intervalos (muy breves desgraciadamente) siempre ha sido algo excepcional, anecdótico, cosa rara a la que se ve con prevención, aspiración que por ir contra la ley impuesta por la Autoridad Suprema era más una rémora para la Sociedad que una profesión digna y de pleno derecho. Y fue precisamente ese último periodo de persecución el mayor vivero para el toreo femenino, quizá por ese afán de luchar contra imposiciones (y más si son a todas luces injustas) de que hablábamos al inicio. Un buen surtido de "mujeres del toro" aparece en escena, llegando a acaparar la atención del público y ahormando la sensación de que aquello era cosa seria. La debacle del toreo femenino en los años anteriores, se asienta y refresca con la aparición en los ruedos de sabia nueva y vigorosa: "La Guerrita" (Ignacia Fernández), "La Reverte" (María Salomé), "Tronío" (Juana Baigorri) o "La Fragosa" (Dolores Sánchez), que levantan el perdido interés que había ocasionado la inaguantable rutina y mediocridad anteriores (como en todo, con contadas y meritorias excepciones).- No obstante, estas luchadoras tampoco encontraron despejado el camino, ni fueron rosas lo que pisaron sus zapatillas, pues los inicios de cualquier andadura siempre son duros y resbaladizos. Un caso patético es el de la nombrada "Guerrita", quien después de torear mucho y bien, compitiendo en igualdad de condiciones con los hombres, marchó a Méjico empujada por la inevitable campaña en su contra, y allí se exilió, toreando hasta 1910 en que se retiró. ¡Más de quince años entusiasmando al publico, y demostrando que frente al cornúpeta enemigo, las cualidades de arte y valor no distinguen sexos.
Caso curioso fue "La Reverte" (María Salomé), quien en un derroche de ambigüedad llegó a torear como hombre, con el nombre en carteles de Agustín Rodríguez- En ambas vertientes fue un/a novillero/a que llegó a actuar con toreros de renombre. Voy a terminar con la ascensión y caída de una cuadrilla femenina: "Las Noyas" o "Señoritas Catalanas", descubiertas, preparadas y apoderadas por el periodista Mariano Armengol. Como jefas de fila tenía este grupo a Dolores Pretel "Lolita" y Angelita Pagés, muy jóvenes (13 y 15 años) con su correspondiente cuadrilla de banderilleras, también jovencitas, que torearon mucho en España y América. En 1902 se separaron buscando en solitario una competencia que sólo sirvió para oscurecer su éxito en cuadrilla, y abocarlas al fracaso. Hoy sólo quedan dos escalones para rematar el edificio del toreo femenino. Salvado (o casi, pues aun quedan "resabiados" que sienten prurito cuando ven un nombre femenino en un cartel) el escollo del público, que ahora si acepta la integración e incorporación femenina en la Fiesta de España, y jalea y aplaude las buenas cualidades vengan de quien vengan, queda aún el resentimiento o prevención del escalafón masculino, (tema para otro artículo cuanto menos) y el de la prensa. Basta leer la respuesta dada por la Redacción de la Revista El Ruedo (n.° 755 del 11 de Diciembre de 1958) a la pregunta formulada por G. P. P. de Hinojosa del Duque (Córdoba) para darse cuenta de ello. La pregunta no viene formulada pero la respuesta no deja duda sobre la posición de una prensa que se supone defendía la pureza e integridad de la Fiesta grande: ...Como nunca nos han interesado las señoritas toreras ni jamás las hemos llevado "en apunte"... ¿Se puede pedir más claridad y menos interés?