Daniel Vázquez Díaz (Nerva, 1882 - Madrid, 1969), fue para los españoles asfixiados por una pintura oficial anclada en el pasado, el epicentro estético de la modernización del arte español. El revulsivo definitivo para la asimilación de la vanguardia radical en aquellos primeros años del siglo XX. El onubense se trasladó a la capital gala en 1906 y pronto se impregnó del estilo de Cezanne, hasta el punto que pasó a sentar con él las bases de su propio género pictórico. En esta época, le cautivó también la figura del escultor Bourdelle, que tuvo también una decisiva influencia en la definición postrera de su concepto artístico. Una tarde de agosto, mientras descansaba en la fonda de Nerva, un muchacho irrumpió en la habitación de Mazzantini. El aprendiz de pintor no pudo resistirse a probar la montera de don Luis, que repentinamente despertado exclamó: «Muchacho, tú tienes cara de torero». El atrevido intruso no era otro que Daniel Vázquez Díaz, y este cumplido del espada vasco confortó para siempre su incipiente afición por lo taurino, que pronto llevaría con regularidad al soporte de sus telas. La fiesta de los toros dicen es un torbellino colorista, pero él rehuyó de los episodios de la lidia, y antepuso el regusto suyo por las garbosas líneas del traje de luces, que le permitieron retratar la modelada y sólida estampa de los toreros ceñidos por las sedas. Tan solo pintó, siendo joven, cierta evocación del bullicio de los cosos con Sangre y arena, Ave César, Morituri te salutant, Spoliarium, aunque cabe resaltar la concepción del lienzo, muy afine a la filosofía del 98. Prosiguió pues con este inmovilismo sui generis, y fue con su trabajo Dolor, escenificando el fatal desenlace de la cogida, que consiguió una tercera medalla en la Exposición Nacional de 1915., El onubense gustaba recordar que, estando en Sevilla, donde se formó bajo las influencias de El Greco, Zurbarán, Zuloaga y Sorolla, pudo ver a «El
Espartero» en el colmao «La Marina», junto al Guadalquivir. «El Espartero» vivía en la plaza de la Alfalfa, donde su padre regentaba una espartería, y además nuestro pintor solía cruzarse con Antonio Fuentes, que habitaba la casa que pertenecía
a la familia Bécquer. Confesó Vázquez Díaz que la impaciencia de «El Guerra» malogró el retrato que pretendió llevar cabo del Califa cordobés. Sus obsesiones por verter en el lema taurino sus preocupaciones retratistas, viva expresión del alma y fuerza de su pintura, se compilaban en sus coletudos sentados y de pie, prolíficamente sorprendidos en la dignidad de una vocación arrostrada, en característicos cuadros sin distracción alguna y de figura única de una escultórica plasticidad. Capítulo aparte se merece el legado de su pintura enfocada a la evocación histórica, con retratos colectivos de consagrados lidiadores en grandes lienzos, desde La Cuadrilla de Juan Centeno a la serie compuesta por el inconfundible Las cuadrillas de Lagartijo, Frascuelo y Mazzantini y La época de Reverte.
Una de las dependencias de la antigua plaza de toros de Madrid acogió a los lidiadores que protagonizaron uno de
los acontecimientos taurinos más singulares del siglo XIX que fue esta corrida a beneficio de los damnificados por los terremotos de Andalucía celebrada el 8 de febrero de 1885, y marco de esta obra irrepetible de las mencionadas cuadrillas. Sobre el retrato de «Manolete» reflexionó Gerardo Diego en 1949: «Para fondo, pudo el artista imaginar un paisaje más o menos trágico, un acompañamiento de nubes, pueblos polvorientos, plazas de toros en lontananza, o cortejo celeste y angélico tránsito y gloria. Otro pintor ni hubiera desaprovechado tan tentadoras posibilidades. Nuestro retratista prefiere atenerse a lo esencial. Un fondo neutro, liso, opaco, tan solo iluminado en una vaga aureola en que el verde botella se espiritualiza en contraste con la sombra unida al resto. Sombra y gloria apenas insinuadas en el diestro. Por lo demás, es un retrato, un cuadro absoluto, sin distracción, ni digresión, que descansa en la contemplación psicológica ahincada. Equilibrio de figura y diatonismo de tonalidad afirmada y escueta». Otra vertiente de la pintura taurina de Vázquez Díaz radicó en sus dibujos a modo de retratos de jugosa sensibilidad y esquemática sobriedad geométrica. Fuentes, Belmonte, «Joselito», «Fortuna», Domingo Ortega, Sánchez Mejías y «Manolete», por citar algunos, dieron la medida de la capacidad de síntesis del artista onubense como fiel reflejo de sus preocupaciones plásticas esenciales. De este dominio del dibujo con
gran soltura y rapidez, Morales ha subrayado que inmortaliza los espadas «quietos, duros, penetrados de la gravedad de su profesión, como ejemplares de pétrea serenidad ante el riesgo mortal. Es una interpretación estoica de la raza, con cabezas que parecen de emperadores o de militares romanos. Cuando alguna vez cuelga del brazo un capote, como en el retrato de Manolete, sus pliegues parecen sórdidos, como la apoyatura maciza de una escultura. Todo aplomado y substancial, dignificando una afición regada por la propia sangre». Los críticos le pusieron el sello de afrancesado, pero Juan Ramón Jiménez lo asentó como símbolo de la modernidad con su cubismo atemperado. Vázquez Díaz representó, en definitiva y a su manera, la consecuencia de unos esquemas gastados por el cubismo, con arquitectónico sentido de la rotundidad del volumen, que aunó a la sabía ejecución del dibujo reñido con todo barroco dinamismo.