He hablado en otra ocasión de la energía y vitalidad del toreo; de ese resurgir de las ganaderías; vemos año tras año el incremento en el número de plazas y de corridas; premios de todo tipo repletan las ferias, y eso que casi siempre quedan desiertos la mitad de ellos. ¿Qué quiere la afición? Ya no se habla del afeitado de los toros, pues tan acostumbrados estamos al abuso en este apartado, que ya no
importa a casi nadie si salen de la peluquería, si son grandes o chicos, si se caen más o menos. El que reciban un picotazo en el caballo es la aspiración de casi todos, porque un puyazo por
derecho es demasiado para la bravura a que nos hemos habituado. El toreo ha pasado de ser un arte a ser un simple espectáculo, y además, mediocre. Pero... una corrida de toros puede ser de todo: extraordinaria, buena o incluso mala, nunca mediocre. Porque cuando se cae en la mediocridad, se apaga la pasión, se pierde la afición, se acaban los toros. ¿Existe hoy la afición? Claro que existe.
Mucha, y de la buena; como existe mucho espectador de diversión. Entonces, ¿de quién o de qué es la culpa de la debilidad actual de la Fiesta? Cuando uno ve decenas de corridas y luego, para mitigar un poco el regusto del aburrimiento y de la abulia que deja en el espíritu tanta falsificación del verdadero arte, se sienta en la soledad del salón familiar a leer cualquier libro de toros, o mejor decir, un buen libro de toros, que aún en esto hay demasiado oportunista, capta inmediatamente las deficiencias culpables del mal. Primero, contra la rivalidad profesional primitiva, se estrella hoy la falta de una o dos parejas de toreros extraordinaria. Los hay, y muy buenos, pero a título individual; y cuando hay individualidades, no hay lugar a la
competencia que crea afición; y el público se aburguesa, no admira; grita, pero no siente; se amodorra, pero no se apasiona. Como decía el crítico Manuel Díaz Crespo: en la plaza ya no hay aristocracia y plebe, que es justamente lo que imprime personalidad, carácter, emoción y justicia. Y digo yo que hoy ya no existe el aficionado de sol (que era el que gritaba) ni casi el de sombra (que era el que aplaudía); hoy las plazas se llenan más de cemento que de afición. Y ello ¿de quién o qué es la culpa? Segundo, del precio abusivo que ponen los toreros a su profesión (claro está, los que cobran) y los empresarios a su ambición (que haberlos, «haylos», y no voy a entrar aquí si tienen derecho o no, si hacen bien o menos). Total, cada uno a lo suyo, y el que no quiera asistir que se quede en su casa, y dejémonos de pamplinas de afición, de pureza y otras zarandajas. Así es que en los toros ya no se patea, se abronca de un modo insípido, no se adora al ídolo. Porque el ídolo se ha difuminado entre cuentas bancarias, escándalos del corazón y exclusivas a la prensa, los que están arriba; los otros, simplemente no interesan. Pues ¿quién sino ese público aburguesado y sin afición ha podido hacer figura a tanto torero sin personalidad, sin destello ni brillo? La división de opiniones que antes reinaba en los tendidos ha cambiado en una familiaridad apabullante. Si uno saca un pañuelo, la plaza se llena automáticamente de ellos; si uno aplaude al torero paisano, el graderío parece una catarata de palmas, sin saber por qué se aplaude. Ya nadie pita a un torero, porque puede encontrarse con la mirada despreciativa de éste o con el malencaramiento del paisano del maestro. Mientras el pueblo burgués que acude a las plazas siga haciendo figura al primero que tenga la suerte de dar dos tandas seguidas (que es su cometido) aunque sea sin gracia ni que diga nada para la historia del toreo, ni bajarán los precios de las entradas ni subirá la afición. La plaza necesita urgentemente recuperar ese «calor» de las buenas tardes de toros: No el calor tórrido y externo del sol, de la libación o de la bronca inculta y sin fundamento, sino del que nace de la rivalidad razonada, apasionada y entendida entre la «aristocracia» y la «plebe». Y alguno dirá: ¿Qué piensa esta para hablar de burguesía? Bien. No es menospreciar a nadie, ni mucho menos ofender. Retomo lo que decía el crítico Diez Crespo: ...El espectador de sol ha desaparecido, y aún en la época en que estas dos latitudes (sol y sombra) estaban perfectamente definidas, las aficiones eran sintomáticas. Por ejemplo, «Joselito» era del espectador de sombra y Belmonte del de sol. Uno fue la habilidad; el otro, el drama, la revolución en la ética y en la estética taurina. Los dos se necesitaban, se complementaban, y puesto que el sol tiraba del valor y del arte, la sombra apretaba con la habilidad y la destreza. Una y otro eran polos que producían la luz, la autenticidad de la Fiesta. Cuando la afición verdadera se aburguesa, se acompasa, pierde su opinión y su pasión, la Fiesta se aclara como un buen vino con agua. Recemos para que, como está resurgiendo el toro bravo, resurjan los toreros de competencia y la afición vuelva a ser de sol y sombra. La afición de sol y sombra