Es de todos conocida la gran vinculación que ha existido siempre entre el gremio taurino y el flamenco. Al regalarme mi padre la ganadería en el año 1951 comencé a tener una estrecha relación con destacadas figuras de ambos estamentos, y así hice gran amistad con: Cayetano Ordóñez “El Niño de la Palma”, sus hermanos, Juan, Antonio y Pepe, Parrita, Chicuelo II, Antoñete, Alfonso Merino y los mejicanos Jose Ramón Tirado y Joselito Huerta (luego mi compadre), y en distintas etapas con Pepe Marchena, El Príncipe Gitano, y Lola Flores.
El año 1952 organizó mi queridísimo padre la inauguración de la plaza de tientas, Iglesia, y de todas las modélicas instalaciones de nuestra finca Fuenlabrada, con cocktail y cena servidos por el Gran Hotel de Salamanca y bendiciendo todo ello el obispo de Ciudad Rodrigo, Don Máximo Yurramendi. Antonio Ordóñez llevó para tal evento a sus amigos el guitarrista Niño Pérez y el cantaor Beni de Cádiz. Desde esa fecha colaboré estrechamente en la explotación de dicha finca y mi ciclo acabó en el año 1973 al fallecer mi progenitor, habiendo dejado aquello como un auténtico VERGEL. Antonio Ordóñez siempre me profesó gran cariño y amistad, y lidió varias corridas mías concretamente en Mérida y Palencia, y después, al quedarme el año 1967 con la plaza de toros de Valencia (Venezuela), en sociedad con Diodoro Canorea lo contratamos para dos corridas. Dejo para el final la corrida mía que lidio en la feria de San Miguel de Cáceres donde estaba anunciado con Luis Miguel Dominguín y Jumillano (lesionado éste lo sustituyó el mejicano Jesús Córdoba) y en la que como dato anecdótico me brindó un toro y esa noche conoció en el Hotel Alvarez a la que con el tiempo sería su
mujer: Carmina Dominguín. Le dimos un gran homenaje con motivo de su primer viaje a América, lo que se llevó a cabo en el restaurante Riscal de Madrid, y al que conseguí que asistiera mi padre, a pesar de su gran fobia al tema taurino, y que terminó con gran fiesta flamenca que culminó cantando el Beni de Cádiz “El Miserere Gitano”, mientras el íntimo amigo de Antonio, el enano bibliotecario Don Marcelino Cano Ortega fue introducido en el fundón de la guitarra de El Niño Pérez en pelota viva... y se le hizo ese simulacro de entierro. El tal Don Marcelino, tenía un gran sentido del humor, que le hacía poner en sus tarjetas de visita debajo de su nombre, lo siguiente: Corruptor de mayores y menores. Además era gran entendido de los toros y fumaba unos puros del tamaño de un brazo suyo. Durante una tienta en Fuenlabrada, en la faena de muleta a una utrera con buenos pitones se le ocurrió a Antonio subir a sus hombros a Don Marcelino, lo que no le impidió desplegar esa grandeza de arte ÚNICO en la historia del toreo... según mi opinión, pero en un pasaje de la faena y ante los gritos de Don Marcelino de que se arrimara más... Antonio que además era un torero de raza se cabreó y se arrodilló... y los pitones de la vaca le pasaban a
Don Marcelino rozándole la cara, y el famoso enano atemorizado le increpaba con gritos sonoros no transcribibles: “Hijo de P... ponte de pié”. Como comprenderéis el pitorreo fue inmenso. Cayetano Ordóñez fue un honesto matador de toros de corto recorrido pero su simpatía y hombría de bien no tenían parangón, y tuvo la gesta de matar una corrida de Miura en San Isidro, saliendo airoso de tan difícil trago, hasta el extremo de que al primer toro le dio ONCE MULETAZOS DE RODILLAS, y cuando le preguntamos la razón de haberle dado tantos pases en ese trance, contestó con sorna: “Es que del susto no me podía levantar”.
Antonio Chenel “Antoñete” fue un gran amigo de juventud y excelente persona. Le llevé a muchas fiestas y tenía en común con la mayoría de toreros del barrio de Ventas su gran afición a las damas y a los placeres de la vida, lo que no le impidió ser un torero excepcional, magníficamente dirigido por otro gran taurino: Antonio González Vera “El Boquerón” (ese apodo le venía de haber sido camarero en un bar de pescaítos fritos de su Málaga natal), empresario de Toledo, La Coruña y otros muchos cosos y dueño de la plaza de Talavera de la Reina.
Chicuelo II, el más valiente que he conocido en mi vida, más agarrado que un schotis y rústico hasta decir basta. Como detalle os diré que en una Semana Grande de San Sebastián lo llevé a tomar unas copas al elitista Club de Tenis y estando en la barra lo animé para que sacara a bailar a una chica... se dirigió a ella y le dijo:
“Cordera, ¿Bailamos?”... ni que decir tiene que volvió con las orejas gachas.